Después del último ippon
Por Oscar Sánchez

(Especial) Sancti Spíritus, la cuarta Villa fundada por los españoles en la mayor de las Antillas, volvió a tener el privilegio de hospedar a una buena parte de lo más selecto del judo mundial. No se trata de que las Villa del Espíritu Santo se haya llenado de medallistas mundiales, lo que sucede es que ocho de los 14 cuadros de medallas de la última lid del planeta en la ciudad inglesa de Birmingham estuvieron representado en los torneos internacionales José R. Rodríguez y Judoguis Dorados.

Esa elite se hizo presente en el Judoguis Dorados con las monarcas del orbe Driulis González (57 kg), Sibelis Veranes (70) y Daima Beltrán (Open), las subtitulares Amarilis Savón (48) y Legna Verdecia (52) y la laureada de bronce Daidenis Luna, mientras el José R. Rodríguez albergó a la corona del mundo de Manolo Poulot (60) y al premio de tercer puesto de aquella cita en los 66, Yordanis Arencibia.

Todos, excepto Luna, justificaron su etiqueta de favoritismo al ceñirse la corona en la central provincia cubana. A favor de Diadenis habría que decir que el certamen espirituano marcó su regreso a los tatamis de competencia, pues una lesión en su tobillo derecho la llevo al quirófano y luego necesitó de una intensa terapia para recuperarse de un viejo trauma en su clavícula izquierda. Ella fue sorprendida por una brillante técnica de hombro de su coequipera Regla L. Zulueta, hoy la segunda figura de los 78 kilogramos en el equipo que dirige el profesor Ronaldo Veitía.

Pero esa no fue la única sorpresa espirituana, pues en la porfía masculina de los 90, el cubano Yosvani Despaigne, un hombre que ha sido capaz de vencer a lo que más vale y brilla en el mundo en ese peso (léase Marco Spitka, de Alemania, Mark Huzinga, de Holanda y Nicolas Gill, de Canadá, a este último antes de su pase a los 100), fue superado en el combate final en justa decisión de los jueces por su compañero Joan Portuondo, que a pesar de no lograr marcar en la pizarra, fue quien llevó el ritmo y por supuesto el que más cerca estuvo de apuntarse una calificación.

La mala suerte ocasionó que una de las habitantes más frecuentes en las premiaciones europeas y que ha alcanzado estrado de nivel mundial, la italiana Ylenia Scapin se tuviera que conformar con el bronce al ceder ante Sibelis Veranes en su primera salida.

Y aunque la constelación cubana hizo brillar al Polideportivo Yayabo es menester comentar que otro grande de los podios mundiales y olímpicos, el austriaco Patrick Reiter, logró levantar la ovación de los presentes. En nuestra opinión resultó el judoca más técnico del José R. Rodríguez, y si los profesores me lo permiten, diría que fue también el de más juicio táctico. Su limpieza en cada movimiento y la precisión del momento para ejecutar sus técnicas, sobre todo de contraataque, amparan este criterio.

Precisamente él y su compañera Claudia Heil en los 63, fueron los únicos capaces de llevarse un título áureo en Sancti Spíritus, y de paso impedir la barrida cubana. Sin embargo, no se puede pasar por alto en este minuto de reflexiones el paso de la argelina Selima Souaki en los 52 kilogramos, protagonista de una de las más serias oposiciones que ha tenido la cubana Legna Verdecia en lo que va de año.

Souaki desafío la galería de lauros de Verdecia, titular mundial juvenil en 1990, de mayores en 1993 y bronce en los episodios mundialistas de Shiba y Birmingham e igual rango logró en los olímpicos de Atlanta. Su mejor arma ante tanto aval fue la defensa y, además, responder al ritmo de combate que propuso la cubana. También la húngara Csizmadia, quinta del mundo, enseñó sus credenciales, a pesar de que el único desliz en su actuación le costó caro, pues cayo fulminada por una técnica de pierna de la Heil en el pleito final.

Aun sin ser finalistas nos parece justo destacar el desempeño de las chicas venezolanas, ganadoras de tres preseas de bronce. De ellas la lograda con más judo nos pareció la que fue a parar al pecho de Roselys Guacarán. No corrieron la misma suerte sus compañeros, solo Richard León  pudo irse con un reconocimiento de tercer puesto en los 73.

Como novedad Mónaco fue huésped por primera vez y logró disputar una final gracias a la labor de Jerome Torzuoli en los 73, dominado por el oro por el ímpetu del joven cubano Héctor Lombá. Mención merece el dominicano José Boissard, merecedor de dos metales de bronce en los 90 y en la categoría abierta para convertirse en el único extranjero que pudo romper el hechizo de los locales en ambas ocasiones.

Algunos datos interesantes dicen que en el evento masculino se celebraron 175 combates y de ellos 105 llegaron a la máxima calificación de Ippon, mientras en el femenino fueron 129 con 59 decisiones por esa vía. Entre los hombres, los cubanos Manolo Poulot y  Héctor Lombá, y el austriaco Christoph Stangl acumularon la mayor cantidad de desenlaces por Ippon, mientras la local Amarilis Savón, con la misma cantidad, resultó la más efectiva entre las mujeres. El combate de menos duración en la rama varonil lo celebraron Jean C. Cameron, de Camerún, y el venezolano Oswaldo Salaban en los 66 kilogramos, ganado por el primero en solo seis segundos. Las muchachas que más rápido encontraron una solución en un combate fueron la cubana Yamisel Iglesias y la guatemalteca Claudia Rivera, que en solo siete segundos favoreció a la primera.

Las competencias espirituanas arrojaron un récord de participación al recibir a 24 naciones y sirvieron para la evaluación de más de 15 jueces quienes buscaron la etiqueta de internacionales, lo cual hizo que amen de las lógicas presiones de los entrenadores, el arbitraje también haya ganado en estos internacionales una medalla de oro.

Orgullo para los organizadores el ser anfitrión de la cúpula de la Unión Panamericana de Judo, que a juicio de este redactor está gozando de una robusta salud de cara a los Juegos Olímpicos de Sidney. A tal punto que a los ocho cubanos laureados en Birmingham, hay que sumar con posibilidades de subir al podio de la reunión australiana del próximo septiembre a judocas de Canadá, Estados Unidos, Brasil y Argentina, como máximos aspirantes.

Para el 2001 el abrazador calor de Santiago de Cuba, segunda ciudad en importancia de Cuba y conocida también con el título de Ciudad Héroe, llamará a judocas de América y el resto de los continentes a sus tatamis para disputar los trofeos del XXIX José R. Rodríguez y el XIII Judoguis Dorados.

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